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La Sagrada Familia

El sentido teológico de la fiesta de la Sagrada Familia, colocada en la Octava de Navidad, se vincula estrechamente con el misterio del nacimiento de Cristo que acabamos de celebrar. No se trata en absoluto de un moralismo que se ha cargado sobre la familia, sino de recuperar esa visión patrística de que somos injertados en la vida de Cristo a través del bautismo, de modo que toda la vida del hombre es un tránsito de lo biológico a lo espiritual, de lo carnal a lo espiritual.

La vida vieja, la de la carne, intentará siempre prevalecer sobre el Espíritu, pero por eso Cristo se encarnó y nuestro camino es este éxtasis, este paso continuo de un amor carnal hacia un amor espiritual y libre, hacia la amistad. Si nuestro epicentro es la vida según la carne, entonces el hombre se rompe, no se acoge en su totalidad. Si nuestro epicentro es el Espíritu, esto atrae e implica en su misma vida también la de la carne. La vida según el Espíritu solo se realiza incluyendo la del cuerpo, más aún, se realiza en el cuerpo y a través del cuerpo. La familia misma es, pues, un paso hacia la integración del hombre, es apertura hacia la experiencia del amor absoluto de Dios. Para nosotros los cristianos, la familia se funda en el sacramento del matrimonio y por eso en ella permanece este sello eclesial, una dimensión para relacionarse con lo espiritual. Es el lugar donde se vive según Cristo.

Igual sucede para la Familia de Nazaret, que, por Cristo, en cierto modo también ha tenido que hacer una travesía, pasando de la ley a la gracia, para comprender que en él ha venido la gracia y ha superado la ley de Moisés. María y José van al templo «para su purificación» (Lc 2,22) y esto ya es extraño, porque solo la mujer era la que se debía purificar después del parto (cf. Lev 12; Éx 13; Núm 8); también ellos «han cumplido todo lo que dice la ley» (Lc 2,39), y, a pesar de que a quien presentan en el templo es el Hijo de Dios, no abandonan ninguna de las prácticas religiosas que imponía la ley.

Simeón toma a este Niño y pronuncia una serie de citas de Isaías que hablan del cumplimiento de la espera, de la universalidad. No es un acontecimiento solo para Israel, para gloria de Israel, sino que la revelación de la luz es para todos los pueblos del mundo. Es el encuentro –y así es llamada en Oriente esta fiesta– entre la ley y el Espíritu, entre la palabra y su realización, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En esto consiste precisamente la travesía de la vida cristiana.

Aún más interesante es el encuentro con Ana, de la tribu de Aser, la única de las doce tribus que se ha perdido, absorbida en el rico territorio pagano de Haifa. Es muy intensa la simbología que se refiere a ella: 84 es siete veces 12, por tanto, la totalidad de las tribus de Jacob se representa en esta única mujer de Aser que permaneció fiel; siete años estuvo casada y luego ya no, porque la tribu se perdió, pero ella permaneció fiel, y al final el Esposo a quien ella permaneció fiel está allí. En este amor esponsal que allí encuentra realización está la superación de la ley.

La espada de la que habla Simeón es el símbolo de este tránsito que debe suceder también en María. De madre a discípula, de la ley al Espíritu, en la comprensión, en la mentalidad, como se ve en una serie de acontecimientos que recogen los evangelios (cf. Mc 3,21), pero que ciertamente Simeón inaugura y, al mismo tiempo, concluye. Él ha reconocido al Salvador, aquel que abre, que arrancará el velo, y por eso puede decir: «Ahora puedes dejar que tu siervo vaya a la paz, a la muerte». La salvación que sus ojos han visto es que se ha cumplido la palabra, el tránsito ha tenido lugar. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (cf. Is 9,1-6), que hace que también nosotros lleguemos a ser hijos, porque podemos conocer al Padre, aquel del cual toma su nombre toda paternidad, en los cielos y en la tierra (cf. Ef 3,15). l

Rupnik
Forwarded from TradPics
Castello di Roccascalegna, Italy
The Girlhood of Mary Virgin
Painting by Tang Wei Min
Dress for Crimson Peak
The Red Kimono
George H. Breitner
Escúchame cuando te invoco, Dios defensor mío,
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.

Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,
amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?
Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Temblad y no pequéis,
reflexionad en el silencio de vuestro lecho;
ofreced sacrificios legítimos
y confiad en el Señor.
Hay muchos que dicen:
«¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?»

Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en trigo y en vino.

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo.

Salmo 4
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